Ochenta y ocho años de ausencia de un presidente norteamericano en Cuba

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Foto: elnacional. com.do

Si la visita de un presidente de Estados Unidos es todo un acontecimiento en cualquier país del mundo, en Cuba es un hito histórico. Nunca antes, en 88 años, un presidente de la potencia norteamericana había visitado a La Habana. Barack Obama, el presidente que pasará a la historia por haber levantado el embargo al régimen castrista, estuvo en la isla desde el domingo hasta el martes, y su presencia fue un auténtico revuelo.

La imagen de un Raúl Castro, radiante, feliz, levantando la mano de su homólogo norteamericano, puede resumir el acontecimiento. O también la imagen de Obama con el rostro del Che Guevara de fondo, cuando se paseó por la plaza de la Revolución, o la de sus hijas, que no ocultaban la emoción, seguramente porque jamás pensaron visitar La Habana.

Flanqueado por las banderas de Cuba y Estados Unidos, y frente a Raúl Castro, Barack Obama enterró la Guerra Fría en América latina y llamó al pueblo cubano a abrazar el cambio y la democracia, en un trascendental discurso en el epílogo de su histórico viaje a La Habana.

Al hablarles a los cubanos, Obama reconoció y mencionó las persistentes diferencias entre ambos pueblos tras décadas de conflictos, aislamiento y rencores, pero buscó, ante todo, apelar a la unión -y a la reconciliación entre los cubanos de la revolución y los del exilio- al comparar ambos países con “dos hermanos”, distanciados por muchos años, que “comparten la misma sangre”.

“En su poema más famoso, José Martí hizo este ofrecimiento de amistad y paz tanto a su amigo como a su enemigo. Hoy, como presidente de Estados Unidos de América, ofrezco al pueblo cubano el saludo de la paz”, dijo al inicio de su discurso, terminando la frase en español. “¡Bravo!”, se escuchó entre las butacas colmadas del Gran Teatro Alicia Alonso.

“He venido aquí para enterrar el último vestigio de la Guerra Fría en las Américas -sentenció-. He venido aquí para extender la mano de amistad al pueblo cubano.”

Además de aprovechar su mensaje para desterrar el pasado y ofrecer un ramo de olivo al pueblo cubano, Obama desplegó una ofensiva sin reservas a favor de los derechos humanos en la isla, que incluyó una defensa a la libertad de expresión, el rechazo a la censura política y las “detenciones arbitrarias” y un llamado a elecciones “libres y democráticas”.

Fue un mensaje a los cubanos en el teatro, en La Habana, en el resto de Cuba y también a los cubanos en el exilio, que hicieron de Miami su capital en Estados Unidos. Obama les habló a todos ellos, y también al propio Castro, al que le pidió mayor tolerancia con los disidentes, con quienes se reunió después. Castro, que fue recibido con un largo aplauso, lo escuchaba desde el palco del teatro.

“Creo que mi visita demuestra que usted no necesita temer una amenaza de Estados Unidos. Y dado su compromiso con la soberanía y la autodeterminación, tengo confianza en que usted no necesita temer las diferentes voces del pueblo cubano y su capacidad para hablar, reunirse y votar por sus líderes”, le dijo.

Los cubanos en el teatro, estudiantes y funcionarios invitados por el gobierno, recibieron muchas de las palabras de Obama con frialdad o, a lo sumo, con un tibio aplauso. En ocasiones, sólo aplaudió su delegación. Obama le dijo al pueblo cubano que creía en ellos, que el futuro estaba en sus manos y que debían abrazar el cambio, no temerle. En una de las definiciones que mejor caló, Obama llamó al embargo “una carga obsoleta sobre el pueblo cubano”. Reconoció que los daña, que no los ayuda. Les recordó que le pidió al Congreso de Estados Unidos que lo eliminara, y les recordó, también, que aun si eso sucede mañana, los cubanos todavía deberán lidiar con los obstáculos de Cuba.

“Conozco la historia, pero me niego a ser atrapado por ella”, definió. “He dejado en claro que Estados Unidos no tiene ni la capacidad ni la intención de imponer un cambio en Cuba. Los cambios que vengan dependerán del pueblo cubano. No impondremos nuestro sistema económico o político sobre ustedes”, prometió.

Cada país, cada pueblo, continuó, debe trazar su propio curso. Aun así, Obama impulsó a los cubanos a buscar la democracia, al elogiarla, sin dejar de reconocer que podía ser “frustrante”. No les dijo que abandonaran el socialismo, pero ponderó a los “cuentapropistas”, la primera expresión de la iniciativa privada en Cuba.

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